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Jueves, 4 de febrero de 2010

Carlos Boix, un mojito castizo

Carlos Boix es un pintor cubano catalán de dudosa obediencia sueca. Un artista insolente, que arroja en nuestros rostros un mundo despiadado y fuera de control. De ojo atento y curioso, hurga en la sociedad de consumo, encuentra sus excesos y los muestra sin piedad y con mucho humor.

Por Redacción |

Carlos Boix es un pintor cubano catalán de dudosa obediencia sueca. Un artista insolente, que arroja en nuestros rostros un mundo despiadado y fuera de control. Un ejercicio de creación neta donde su ojo curioso y atento hurga en la sociedad de consumo, encuentra sus excesos y nos los muestra sin piedad y con mucho humor.

 

Un humor, omnipresente en su obra, que actúa como catalizador estético de algo que, de otra manera, se nos haría insufrible. El resultado es una pintura jubilosa, que disfruta el placer cotidiano de la creación, tarea en la que traza un cosmos de signos y símbolos cuyo interrelación provoca un maravilloso delirio visual, acompañado, casi siempre, de un breve apoyo verbal.

Nacido en La Habana, en 1949, tras un largo periplo europeo, Carlos Boix recala en Madrid, en plena Calle Mayor, donde ha abierto un estudio luminoso y acogedor, dispuesto a profundizar, desde la pintura y con humor, las múltiples contradicciones y paradojas de la sociedad capitalina. Siete meses lleva, meses intensos y productivos, en los que su creación se ha materializado en medio centenar de obras que, en su mayoría, encuentran en el agua el tema y el argumento. Retratos urbanos de un artista cosmopolita y castizo.

textoEn su juego, el Carlos Boix nos hace perder las certezas y forja vínculos incongruentes, que nunca son inocentes. El pintor nos deslumbra con su destreza, nos seduce con trazos, formas y colores y nos entretiene con sus burlas y humoradas. Un delirio y unos colores en los que  Cuba y el Caribe nunca quedan ajenos.

BOIXExcesiva y radical, la pintura Boix se nos muestra como el mejor antídoto a los excesos de una sociedad acelerada y caótica. El grito y metáfora definen su estupor. En la tela, sus relatos se enriquecen con multitud de detalles, observaciones de una imaginación plena, que encuentra en el dibujo y el color el mejor interface con el espectador.

La brutalidad de Boix es de hecho su energía. Su lirismo natural le permite crear un mundo que nos lleva alegremente por losBOIXTABLEcaminos menos transitados del espíritu. Una poética errante, siempre inventiva, a menudo deslumbrante, capaz de exorcizar nuestros temores. Su insolencia nos fascina porque nos permite trascender el drama humano.

BOIXARRABALDe su Cuba natal le queda una auténtica adicción a los cigarros, una marcada predilección por la comida picante y un carácter explosivo. Su formación pasó por la Academia de San Alejandro, que abandonó para crear su propio código. Con 18 años ganó el primer premio en el Salón du Dessin de La Habana,  asistió a los talleres de René Portocarrero (1912-1986) y Mariano Rodríguez (1912-1990). Fue uno de los artistas que en 1974 participó en la realización de un mural colectivo, a petición de Fidel Castro, misteriosamente desaparecido. Luego marchó a Europa, a reencontrase con un pasado en el que brilla un abuelo catalán que, en Barcelona, fue mecenas de Gaudí.

En estos años Boix ha movido sus queridas macetas suecas de colores y sus escogidos trajes italianos por cuatro continentes, esparciendo una estela de exposiciones personales en las principales galerías del mundo, en las que ha ido cuajando una importante nómina de fieles coleccionistas. Estocolmo, Argelia, París, Cartago, Ginebra, fueron las escalas de su particular  odisea, en las que se enfrentó a la inteligencia de amigos como Alain Jouffroy, José Pierre, Eduardo Manet, Fernando Arrabal, Olle Granath y Regis Debray.  Cubano, catalán y sueco, Boix balancea con habilidad un renovado espíritu estajanovista con una férrea fe epicúrea. El resultado es un artista paradójico, devoto de la energía vital y del fuego sagrado.

 

 

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