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Actualizada el Jueves, 21 de abril de 2016 11:01
Martes, 15 de diciembre de 2009

Torres Blancas, de Madrid al cielo

A esta vista de 'Madrid desde Torres Blancas' le cabe el honor de ser el cuadro de un artista español vivo por el que más se ha pagado jamás, 1,74 millones de euros -1,38 millones de libras- , en una subasta de Christie's celebrada en Londres en 2008.

Por Miguel Ángel Trenas |

Pintada por Antonio López entre 1976 y 1982, era la única de sus grandes obras que no había salido a subasta, y supera con creces la cotización lograda por 'La rosa blanca' de Barceló, adjudicada en 820.800 libras el pasado año.  El cuadro, un encargo particular de un banquero al pintor de Tomelloso -vendido ahora por la nieta del financiero-, ofrece una de las vistas más impresionantes de la ciudad.

Un cuadro con secretos

Se trata de un óleo sobre tabla, de 145 por 244 centímetros, que ha desvelado ahora alguno de sus secretos. Así, hacia la mitad del lienzo se pueden apreciar las fechas "21 de abril, 21 de mayo, 21 de junio, 21 de julio y 21 de agosto", presumiblemente los días en que López pintó la misma escena. También parece claro que la luz del atardecer a las 21:40 horas en Madrid que marca el reloj del edificio de la izquierda sólo se puede ver en el mes de junio, mientras que la ausencia de tráfico en la avenida de América a esa hora indica que cuando lo pintó era el mes de agosto.

En la tabla se aprecian también distintos orificios en los que probablemente López pinchaba bocetos o fotografías, así como cuentas a lápiz como una en la que divide 475 entre 16, o las palabras "casi negro" en las ventanas de la derecha o "un pelín" en la carretera. Más allá de las anécdotas, 'Madrid desde Torres Blancas' es una de las piezas más importantes de la obra de Antonio López, donde el realismo convive con zonas donde la abstracción invade azoteas, fragmentos de edificios o ventanas.

La vista, familiar a todo aquel que entra a la ciudad por la 'carretera de Barcelona'  o desde el Aeropuerto de Barajas, recoge un tramo de la Avenida de América, primer tramo urbano de acogida a celebridades de diverso signo, desde presidentes de Gobierno, como Eisenhower en 1959, a estrellas de Hoolywood o, más recientemente, la selección española ganadora de la última Eurocopa. Es una de las piezas más importantes de la obra de Antonio López, donde el realismo convive con zonas donde la abstracción invade azoteas, fragmentos de edificios o ventanas.

Un  lugar donde en los años 60 se podían ver todavía rebaños de ovejas, que marca el inicio de la transformación de la ciudad en los años de desarrollo. Más moderno es el punto de observación, probablemente el restaurante Ruperto de Nola que coronaba el edificio Torres Blancas -el color real es gris hormigón-, obra del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oíza  que mereció el Premio de arquitectura del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid al mejor edificio construido en los años 1967-1971.

Geografía arquitectónica

La torre -nunca se construyó la gemela- es un ejemplo de arquitectura orgánica propiciado por un cliente, Juan Huarte (propietario de la constructora del mismo nombre), que se significó en los años sesenta del siglo XX por su apoyo a la vanguardia española, construyendo algunos de los mejores edificios de España en los años sesenta y setenta.

Un edificio de 71 metros de altura y 23 plantas donde tuvo su sede la editorial Alfaguara, cuando ésta pertenecía a los hermanos Cela. La pretensión de Oiza era construir un edificio de viviendas singular, de gran altura, que creciera orgánicamente, como un árbol, recorrido verticalmente por escaleras, ascensores e instalaciones, como si fueran los vasos leñosos del árbol y con las terrazas curvas agrupadas como si fuesen las hojas de las ramas. Al final sólo se construyó uno de los dos edificios proyectados y la escasez del presupuesto impidió blanquear con polvo de mármol el hormigón.

De nuevo en la calle, en primer plano, a la izquierda, se ve la antigua sede de CEPSA, donde tuvo despacho el 'viejo' Escámez. Un poco más al fondo se ve Torre Iberia, conocida así por el luminoso que durante años ha coronado el edificio, uno de los primitivos y más modestos rascacielos de Madrid, situado en el número dos de la Avenida de América, a cuyo pie permanece, década tras década, el bar cafetería Hontanares, un clásico siempre renovado.

Geografía melancólica
En ese portal, en el que vivió y tuvo estudio Pepe Caballero, existía una pequeña papelería librería, 'Mati y Rafi', que invadía modestamente la calle el día del libro, donde trabajaba un  joven dependiente que hoy es gerente de la Librería Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes. En la misma acera y dentro del conjunto de edificios del que forma parte el rascacielos vivió y también tuvo estudio el pintor Juan Antonio Morales, discípulo, como Pepe Caballero, de Vázquez Díaz, que vivió y tuvo su estudio en una casa de tres plantas situada a pocos metros, en el final de Maria de Molina, sobre cuyo solar se construyó en los años sesenta un edificio de viviendas.

Morales dejaba reposar en el estudio un retrato de Pepín Fernández, fundador de Galerías Preciados, que le habían llevado sus familiares para que el artista actualizara, con arrugas, el rostro, porque Pepín había envejecido y ya no se parecía al cuadro, como si el precio hubiera incluido un servicio de mantenimiento que garantizara el parecido de por vida. Paciente, el pintor jugaba a aburrir en el tiempo a unos familiares que no entendían muy bien eso de la pintura. 

Diseñado por los arquitectos Ignacio de Cárdenas Pastor y  Gonzalo de Cárdenas Rodríguez, el edificio Torre Iberia se concluyó en 1953 como promoción de una sociedad inmobiliaria del Banco de Vizcaya que construyó 254 viviendas, distribuidas en siete edificios, seis de los cuales forman un bloque lineal de nueve alturas y el otro una torre de más de 21 pisos y 75 metros de altura, justo en el cruce con la calle Francisco Silvela y dando la espalda al palacio de La Trinidad, sede, durate años, del Instituto Cervantes. Fiel al llamado Estilo Internacional, sobre el edificio más occidental se eleva una torre, superpuesta al bloque, con planta en T, excepto en los tres últimos pisos, donde se escalona y forma un cubo, que durante años ha sido final de la perspectiva de la gran avenida que cruza Madrid de este a oeste, "ejecutada sin pretensiones de singularidad", según sus autores.

A la derecha, justo detrás de un edificio de pisos de tonalidades blancas se encuentra la antigua sede del Sindicato Vertical, un edificio de  finales de los sesenta, que durante la transición democrática se cedió en usufructo a la Unión General de Trabajadores. Junto a él se ubica hoy el intercambiador de transportes.  Menos ha cambiado, desde el ojo de Antonio López, la línea del cielo. En ella se mantienen la torre de Valencia, la del Retiro y las de Colón, obra del Arquitecto Antonio Lamela, construidas de arriba abajo en 1976. En el cuadro también se ven, a lo lejos, los rascacielos de la Plaza de España. Quedan fuera los edificios que dan carácter a lo que hoy es el complejo Azca.  El primero de ellos y más emblemático, el Edificio Windsor,  desapareció devorado por las llamas no hace mucho. Pocos cambios en el horizonte de una ciudad que en los seis años que empleó Antonio López en realizar la obra asistió a las más intensas y profundas transformaciones sociales y políticas de su historia. En su elección, parece como si el pintor hubiera querido defenderse de futuros propietarios de la obra, empeñados en llevar a la pintura los sucesivos cambios en la fisonomía de la urbe.

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