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Martes, 15 de diciembre de 2009
Memorias de Eduardo Arroyo

Soy un viejo pintor al óleo, algo mal visto: huele a trementina y aceite de lino

Densas e intensas, así son las memorias de Eduardo Arroyo, publicadas como Minuta de un testamento por Taurus. Memorias de "un pintor que escribe", así se define, en las que apenas habla de su arte. Un texto apasionado y poliédrico, que combina la cita, el relato memorialístico y el ensayo, donde el pintor, que nunca se ha mordido la lengua, fija sus gustos y opiniones, recuerda a maestros y amigos y deja fuera a quienes nunca le interesaron demasiado.

Por Redacción |


[Img #4434]Esta singular Minuta va paralela a otra, en la que también se inspira, la escrita por Gumersindo de Azcárate, compañero de Giner de los Ríos y Cossío y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y con él establece un diálogo sobre los grandes temas, el matrimonio, la política, la religión, el dinero, etc. Con veintidós años Eduardo Arroyo se fue a París huyendo de una sociedad que le asfixiaba. Su intención era ser escritor pero las necesidades del día a día y el éxito temprano le hicieron pintor. "Me considero un pintor que escribe – comenta -, no he dejado de escribir y seguiré escribiendo. Toda mi vida ha estado marcada por la literatura, soy un pintor al que es más fácil encontrar en una librería que en un museo".

El libro le ha ocupado cuatro años. "Me he empeñado mucho en su preparación, es un libro con una cierta ambición", en los que el encuentro con Gumersindo de Azcárate, tío abuelo de Isabel, su mujer, fue definitivo. "Me dio la pista para la estructura: dos memorias en una, y la posibilidad de establecer un diálogo con alguien ya desaparecido. Quizá en esta estructura esté la ambición del libro". Arroyo califica el texto como un híbrido, "no son las memorias de un artista, de un pintor, algo que no me interesa hacer, sino la suma de recuerdos, historias, anécdotas, situaciones y personas, acompañadas de citas de otros autores y de otros textos que tienen un carácter más ensayístico, en los que opino sobre cosas que me interesan".

Al terminarlo, Arroyo sintió un enorme vacío. "Mi vida ha sido muy intensa, está llena de vivencias y vidas, de sitios, de conocimientos y de gentes. Al acabar el texto lo primero que me vino es una sensación de vacío, muy parecida a cuando terminas un cuadro. Lo pones contra la pared, lo firmas y a partir de ese momento ya no te pertenece más". De vez en cuando Arroyo ojea algunas páginas de ese objeto extraño en que se han convertidos su memorias "y es como si tu no lo hubieras escrito. Me provoca sensaciones extrañas y también la satisfacción por haber evacuado un montón de cosas que quería decir".


[Img #4433]El pintor ha sido selectivo en sus memorias, aunque ha dejado que las cosas fueran llegando. "He procurado no hablar de gente poco interesante. Mi vida ha sido bastante conflictiva, con bastantes amistades y enemistades, y he preferido dejar fuera las cosas que no tenían importancia afectivamente. Incluso, cuando hablo mal de alguien, tiene que tener cierto espesor". El recuerdo más doloroso fue la muerte de su padre "que condicionó toda mi vida. Luego está las otras pérdidas inevitables y esa frontera entre la melancolía, que reivindico y manejo, ese ensimismamiento, y la depresión. Aparece mi miedo a pasar esa frontera. Porque detrás de lo aparentemente divertido hay unos amagos melancólicos muy fuertes". El pintor asegura que no hay nada de ficción, consciente de que la mejor mentira es la verdad. Y asegura que no se siente satisfecho de su vida "no lo estoy, en absoluto. A mi pintar me produce preocupaciones y dolor. Puedo se muy divertido, pero vivo en ese permanente estado de agitación y melancolía y, sobre todo, de insatisfacción". Quizá por eso hable muy poco del proceso de creación pictórica. "Es un tema que he manejado poco, no quería que fuera un libro de un pintor. Es el libro de una persona que ha vivido pero no de un pintor."

Si explica los azares que le llevaron a ser pintor, "fue una especie de situación ineluctable. Había algo absurdo en querer escribir e irte a París, según ganabas fuerza en la lengua francesa perdías tu lengua, luego vino la confusión con el italiano creando una extraña ensalada. Yo dibujaba desde niño, publicaba caricaturas a los 14 años, y cuando llegué a París comprendí que podía decir ciertas cosas mejor con la pintura que con la literatura. Sin darme cuenta, me convertí en pintor ayudado por una serie de azares afortunados como encontrar una galería sin buscarla y vender. Gracias a ellos, rápidamente me convertí en pintor". Su estilo, la incoherencia de ese estilo, fue otro de los factores del éxito temprano. "La coherencia de mi pintura es la incoherencia de mi estilo. El detonante fue la ausencia de una formación escolástica. Mi manera de pintar era ajena a cualquier tradición académica. Eso en París, en un momento en el que se luchaba contra la abstracción reinante, produjo rápidamente un interés por una manera de pintar que sigue siendo reconocible hoy".


[Img #4432]Arroyo asegura que eso de la inspiración es muy aleatorio. "Creo que cuando el motor no funciona hay que echarle gasolina y antes de que te llegue la angustia hay que echar mano del periódico, algo fundamental, luego de algún libro, preferiblemente poesía, y darte una vuelta por la calle y empezar a mirar. Con esas tres cosas sales del atolladero. Luego, cuando empiezas a pintar, entras en otra dinámica en la que van llegando otras cosas. El cuadro te absorbe hasta el punto de que no dejas de pintar ni durmiendo, la obsesión es enorme. Te fajas con ese objeto animado, te peleas con él durante unas semanas y cuando le ponen contra la pared, porque ya está terminado, en ese momento te llega algo del cuadro venidero". Con su marcha a París, Arroyo buscaba sobre todo "oxígeno", la politización vino después, se hizo comunista antes de leer El Capital. "He sido un exiliado con muchas armas, educación, formación, y también un frívolo y un vividor. Hoy resulta difícil imaginar lo que sentíamos un grupo de amigos que queríamos irnos como fuera. Vivíamos en un país que nos aburría. Un grupo cercano a la Escuela de Periodismo en el que estaban Ricardo Utrilla y Xavier Domingo, aunque yo me relacionaba más con los franceses. Buscábamos aire fresco y yo lo encontré en el mundo del arte".

Frente a quienes justifican su éxito en la politización, Arroyo asegura que "contra Franco siempre he vivido fatal. Unos me reprocharon que mi obra se apoyara en la crítica al régimen, otros, cuando mi pintura se hizo más intima y personal, aseguraron que me estaba desinflando, que me había quitado las uñas. La realidad es que regresé en 1977 y me tuve que volver a París al día siguiente. Hice una exposición en la Galería Maehgt de Barcelona y sólo vendí tres cuadros. Nadie sabía de mí. Nadie nos conocía. Los que estaban aquí pensaban que éramos una panda de vividores y nosotros creíamos que los que estaban dentro vivían una situación insoportable, cuando mal que bien tenían su mercado. Con mi vuelta a París me perdí la Transición y también, afortunadamente, La Movida". El pintor volvería definitivamente en 1984. "Siempre dije que me reintegraría en España cuando pintara mi primer cuadro aquí. En ese momento las cosas habían cambiado e hice una exposición en las salas Ruiz Picasso que tuvo cierto eco".

En las memorias, Arroyo recuerda el millón de pesetas que aportó a la campaña de Pascual Maragall y su posterior decepción con él y con las políticas culturales de las comunidades autónomas. "Se ha creado una situación insoportable, una cosa que se llama doble mercado. Yo conocía un solo mercado, el de la oferta y la demanda, el del coleccionista, en el que llegabas a un museo cuando tenías 80 años, no como ahora que entras con 20. Se ha creado un segundo mercado en el que por un lado está el coleccionista privado que arriesga su dinero y por otro el estado que fomenta la presencia de artistas que trabajan sólo para los museos del estado. Son obras que sólo caben en museos y que les encargan los museos de las diferentes comunidades autónomas. Yo cuando pinto no se para quien lo hago ni si venderé el cuadro". Finalmente Arroyo comenta que le parece estupendo que Bacon esté en el Prado y Goya en el Reina Sofía un museo, éste, que cada día le interesa más. No siente lo mismo por el arte actual. "Es otro mundo, no me interesa. Yo soy un viejo pintor al óleo, algo que está mal visto porque huele a trementina y aceite de lino".

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